El aborto es un fenómeno de esos que suelen permanecer ocultos y poco hablados, solapados bajo la vergüenza de no poder afrontarlos y solucionarlos como sociedad. Quizá malamente comparable con la eutanasia, la legalización de la marihuana, el matrimonio homosexual y otros temas tabúes que solo se comentan de cuando en vez, principalmente cuando salen expuestos en la prensa por que algún político oportunista los toma como bandera de campaña.
Pero el aborto es distinto a cualquier otro tema ético, moral o legal que podamos aborda, por que es un tema que involucra a personas que no tienen voz ni posibilidad alguna de expresar su opinión, ni menos defenderse. Es un tema en el que tampoco se puede dejar de lado el sentir de la familia, del padre o de la madre que en algún minuto de su existencia se plantea la posibilidad de abortar y las consecuencias que esto le conlleva.
Dejando de lado (por ahora) el tema del aborto terapéutico, es decir, centrándonos en el aborto intencionado, socialmente se tiende a criticar duramente a quienes lo practican, principalmente a la mujer que interrumpe su embarazo y al hombre o a la familiar que incide en que se realice esta interrupción.
¿Pero que pasa con estas personas?
En el Hombre: | En la Mujer: |
Falla en el cumplimiento de su rol protector. | Depresión. |
Negación. | Trastornos conductuales y del sueño. |
Culpa. | Consumo de sustancias nocivas. |
Miedo y dudas sobre su masculinidad. | Culpa y remordimiento. |
La destacada investigadora Priscila Coleman señala en su estudio “Aborto y Salud Mental” que el aborto aumenta en un 155% el riesgo de suicidio en la mujer y que ocho de cada diez parejas terminan separándose a corto o mediano plazo después de realizado el aborto. Por lo tanto es posible pensar que las consecuencias del aborto no solo tienen como victima a la criatura que no llega a nacer, sino que también alcanzan y en muchos casos devastan, a quienes, por diversas razones deciden intervenir un embarazo.
Por ellos existen en Chile y en el mundo, instituciones que buscan abordar el tema, no desde su judicialización, o desde el prejuicio que impone castigar a quienes cometen o piensan cometer un aborto, sino desde el acogimiento y el apoyo. Tal es el caso de la campaña mundial “No más Silencio” (Silent No More), impulsada por la activista Georgette Forney. A través de esta campaña se busca mostrar las nefastas consecuencias del aborto, acogiendo a quienes lo han practicado y mostrando su testimonio como forma de prevención.
En Chile, el Proyecto Esperanza hace lo propio, afirmando que efectivamente es posible salir adelante después de un aborto, si se cuenta con la ayuda adecuada.
Considerando estos ejemplos, el desafío como sociedad parece ser dejar de esconder la cabeza ante temas complejos como este y decidirnos a tratarlos abiertamente, con la seriedad y la altura de miras pertinente a una sociedad que espera salir prontamente del subdesarrollo… Por que sépanlo señores: en Chile SI se practican abortos, todos los días, aunque la ley lo prohíba, aunque la Iglesia se mueva incomoda en su asiento cada vez que se trata el tema y aunque los medios de comunicación rara vez lo aborden en sus parrillas programáticas.
Por ende resulta sumamente urgente que cada uno de nosotros, asumamos nuestra responsabilidad, exigiéndonos como sociedad una postura proactiva en torno a la prevención y al desarrollo de políticas y programas que apunten a velar y salvaguardar los derechos de quienes no han nacido… para que no sigan muriendo día a día inocentes a muestra diestra o nuestra siniestra, mientras nos hacemos los tontos y miramos para otro lado.
Juan Moya Salgado, Asistente Social.
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